UN MAR

Cuando hablo con Francisco siempre me queda un sentimiento de pena. No puede evitarlo, será por todos mis miedos o fobias, pero él representa todo lo que yo no quiero para un mañana.
¿Qué aliciente tiene en la vida? La soledad.
¿Cómo puedo telefonearle y felicitarle las fiestas cuando sé que las pasará como otro día cualquiera postrado en su cama y sin más compañía que una televisión?
Me doy cuenta que muchas de las lágrimas que he derramado son fruto de la impotencia. Esa impotencia que te hace ser víctima de tus miedos porque mandarías al cuerno tantas gracietas que para ti son ofensas, tantas poses que sabes son sólo hipocresía y tantas palabras que nada te ayudan y sólo te engañan.
Pero te da miedo romper con todo, porque no ves ninguna salida, porque por mucho que grites nadie te ayuda... Seguramente, tampoco nadie puede ayudarte pues eres tú quien debes tomar la decisión y lanzarte al vacío esperando que se abra tu paracaídas. Aunque sabes que el golpe será fuerte, muy fuerte... y piensas si no será mejor esperar que calmen las aguas, crees que tú también pudiste omitir o callar, que más vale malo conocido...
Leí un artículo en el que aconsejaban que debíamos saber lo que queríamos y lo que no queríamos de una asistenta y actuar sin la presión o el temor de que esta persona pudiera despedirse. No discutiré que no sea cierto ese planteamiento, pero sólo será real si uno se siente fuerte, con la convicción de no estar solo, de contar con alguien que te respalda ... y no siempre esto acontece. Porque muchas veces son las parejas, los hijos, los padres... los que obran así, los que chantajean, desoyen o imponen.
Y tú eres tú, aunque no te muevas. Y lloras de asco, de rabia, de impotencia, de vergüenza... y te preguntas dónde está aquel amor, aquellas promesas. Y la desilusión te embarga. Y mandarías todo al infierno. Y te sientes desvalido e indefenso, sin saber a quién acudir o adónde ir. Y lloras porque sabes que de nuevo no hablas tú sino el miedo.
No sé, quizás Francisco fue valiente y cortó con todo o quizás tampoco estaba en sus manos.
Me gustaría ayudarle pero no sé cómo... y creo que ha llegado a un punto que él se ha habituado a su vida o a su soledad.