De aquel golpe que me di en la cabeza me han quedado secuelas. Están las físicas, esos vértigos que nunca había tenido y que me suelen aparecer con cualquier pequeño movimiento de cervicales. Por fortuna, molestas pero breves, apenas unos segundos rotando el mundo a mi alrededor. Sin embargo, hay otras más sibilinas, más difíciles de sanar: las mentales.
Compruebo que ya no tengo aquella seguridad, aquella tranquilidad de antes. He aprendido con la experiencia y esa experiencia, francamente, no me ha gustado.
Y eso mismo nos sucede en el aprendizaje diario de nuestra vida. Cuando sufres el desencanto y la decepción de alguien a quien aprecias o en quien has depositado tu confianza, ese desengaño pueden volverte más descreído y desconfiado.
Mi abuelo decía que el que tiene una mujer buena cree que todas son iguales y el que la tuvo mala piensa que todas son mejores.
Reconozco que quizás esa mentalidad sería la idónea. No conviene generalizar ni juzgar por lo vivido. No obstante, cuando la decepción sigue a otra y a ésta, a su vez , le sigue otra... ¿cómo desterrar de nuestros pensamientos tanto daño acumulado? Puede uno hundirse en la tristeza o ahogar las penas de mil maneras que a lo sumo encubren superficialmente la verdad que encerramos. Personalmente he optado por no esperar nunca nada. Si aparece algún día me asaltará la alegría. Si no, no me podrá defraudar algo que ya no tenía.
Yo, que tanto predico que incluso de los momentos malos podemos entresacar una lectura positiva, me pregunto cuál sería. He aprendido a valerme por mí misma, a sacarme las castañas del fuego, porque sabía que nadie más lo haría.
Soy consciente del gran apoyo de mis padres. Me he podido sentir frágil e impotente, pero por suerte no indefensa.
¿Qué ocurrirá cuando no estén a mi lado? Prefiero entornar los ojos. Mañana será otro día.
Compruebo que ya no tengo aquella seguridad, aquella tranquilidad de antes. He aprendido con la experiencia y esa experiencia, francamente, no me ha gustado.
Y eso mismo nos sucede en el aprendizaje diario de nuestra vida. Cuando sufres el desencanto y la decepción de alguien a quien aprecias o en quien has depositado tu confianza, ese desengaño pueden volverte más descreído y desconfiado.
Mi abuelo decía que el que tiene una mujer buena cree que todas son iguales y el que la tuvo mala piensa que todas son mejores.
Reconozco que quizás esa mentalidad sería la idónea. No conviene generalizar ni juzgar por lo vivido. No obstante, cuando la decepción sigue a otra y a ésta, a su vez , le sigue otra... ¿cómo desterrar de nuestros pensamientos tanto daño acumulado? Puede uno hundirse en la tristeza o ahogar las penas de mil maneras que a lo sumo encubren superficialmente la verdad que encerramos. Personalmente he optado por no esperar nunca nada. Si aparece algún día me asaltará la alegría. Si no, no me podrá defraudar algo que ya no tenía.
Yo, que tanto predico que incluso de los momentos malos podemos entresacar una lectura positiva, me pregunto cuál sería. He aprendido a valerme por mí misma, a sacarme las castañas del fuego, porque sabía que nadie más lo haría.
Soy consciente del gran apoyo de mis padres. Me he podido sentir frágil e impotente, pero por suerte no indefensa.
¿Qué ocurrirá cuando no estén a mi lado? Prefiero entornar los ojos. Mañana será otro día.







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