POR UNA LÁGRIMA

El otro día, hablando con mi amiga Teresa, no me quedó más remedio que alabar su serenidad y entereza. Francamente, envidié su control, yo no dejaba de llorar, motivada en parte por una dosis de absurda culpabilidad al imaginarme una gafe y, sobre todo, al sentir como con la marcha de familiares y amigos se desvanecían aquellas parcelas que habían compuesto mi vida.
"Desde hace un par de años no puedo llorar. No creas -me dijo-, es duro, se me hace un nudo en el estómago y, sin embargo, no me sale ni una lágrima".

¿Cuál es mi consejo para todos cuantos como ella os atragantáis con vuestro dolor?
No siempre tenemos un hombro al que confesar nuestras penas, la gente que nos rodea no nos comprende o nos incomoda o avergüenza explicar nuestros problemas.
Os confieso que en alguna ocasión, en lugar de aliviarse mi tristeza, se me acrecentó más, consciente de que nada había arreglado, tal vez porque yo ya conocía la salida pero mi cobardía se resistía a tomarla.
¿Cuál es entonces mi consejo? Un lápiz y un papel. Hurgar en nuestro corazón y nuestros pensamientos, dejando aflorar nuestros sentimientos, liberándonos de diplomacias y prudencias para expresar con total libertad nuestra indignación, nuestra rabia... Quizás la afrenta nos parezca entonces menor... O, por el contrario, os fallen las palabras porque guardáis mucho en vuestro interior.
Si dierais marcha atrás, ¿qué hubierais dicho y callasteis? No importa el vocabulario ni las comas, sólo vuestros sentimientos. Luego, leedlo una vez, dos, tres ... las que queráis, pero con fuerza, con garra... sacad vuestros miedos, vuestro odio, vuestro asco... Sentíos libres.
Después, quemadlo, guardadlo o enviadlo... de vosotros depende.