Siempre sucede algo en el mundo que se encarga de recordarme lo afortunada que soy.
Hoy he mirado a mi alrededor, buscando algún tema sobre el que poder inspirarme. Uno de los problemas de la inspiración es que cuando la buscas no aparece y cuando no la esperas se presenta sin anunciarse. Cuántas veces habré ideado la mejor de las historias en el silencio y la oscuridad de la noche y al levantarme por la mañana, agotada, tenía que rendirme ante el olvido.
Tenía uno de aquellos días espesos en los que la mente y las palabras marchan por ondas dispersas, ni aquí ni allá había nada extraordinario, nada llamaba mi atención, los lloros de algún niño pequeño, el revoloteo de pajarillos, un tiempo revuelto, con nubes oscuras y claros de sol. Nada fuera de lo normal.
¿No pasaba por alto el regalo que tenía delante de mí? Me embebía de la armonía de la naturaleza. ¡Estamos tan ciegos que no sabemos apreciar lo que tenemos a nuestro alcance! Damos por hecho que está ahí y que nada cambiará, pero ese tesoro perece desgastado por nuestro abuso o se despierta con furia y destroza y arrolla cuanto topa por su camino. Eso ha ocurrido en Perú, centenares de muertos y millares de heridos por un temblor de la tierra. En cada milésima de segundo, ese terremoto devastada casas, tiraba árboles, mataba ilusiones, futuros y muchos recuerdos.
Nunca es tarde para dar gracias y, aunque ya esté anocheciendo, vale la pena hacer balance de lo bueno y lo malo para no menospreciar todo cuanto uno posee y le rodea.
Un proverbio español dice que mal de muchos, consuelo de tontos. Es cierto, a mí me duele lo que me duele y no lo del vecino. Sin embargo, de vez en cuando, una cura de humildad refuerza mi ánimo, porque ninguno de nosotros somos el centro del universo y, más allá de nuestro ombligo, la vida continúa.
Hoy he mirado a mi alrededor, buscando algún tema sobre el que poder inspirarme. Uno de los problemas de la inspiración es que cuando la buscas no aparece y cuando no la esperas se presenta sin anunciarse. Cuántas veces habré ideado la mejor de las historias en el silencio y la oscuridad de la noche y al levantarme por la mañana, agotada, tenía que rendirme ante el olvido.
Tenía uno de aquellos días espesos en los que la mente y las palabras marchan por ondas dispersas, ni aquí ni allá había nada extraordinario, nada llamaba mi atención, los lloros de algún niño pequeño, el revoloteo de pajarillos, un tiempo revuelto, con nubes oscuras y claros de sol. Nada fuera de lo normal.
¿No pasaba por alto el regalo que tenía delante de mí? Me embebía de la armonía de la naturaleza. ¡Estamos tan ciegos que no sabemos apreciar lo que tenemos a nuestro alcance! Damos por hecho que está ahí y que nada cambiará, pero ese tesoro perece desgastado por nuestro abuso o se despierta con furia y destroza y arrolla cuanto topa por su camino. Eso ha ocurrido en Perú, centenares de muertos y millares de heridos por un temblor de la tierra. En cada milésima de segundo, ese terremoto devastada casas, tiraba árboles, mataba ilusiones, futuros y muchos recuerdos.
Nunca es tarde para dar gracias y, aunque ya esté anocheciendo, vale la pena hacer balance de lo bueno y lo malo para no menospreciar todo cuanto uno posee y le rodea.
Un proverbio español dice que mal de muchos, consuelo de tontos. Es cierto, a mí me duele lo que me duele y no lo del vecino. Sin embargo, de vez en cuando, una cura de humildad refuerza mi ánimo, porque ninguno de nosotros somos el centro del universo y, más allá de nuestro ombligo, la vida continúa.







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